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PIES PLANOS por Verónica D'Auria

PIES PLANOS

Ilustración ©Rossana Piccini 2017
La vieron cargando el cochecito azul del último, el sexto niño camino a la biblioteca. Buscaba algo de esparcimiento en uno de esos libros viejos, de hojas amarronadas de las grandes colecciones de los clásicos. Tenía ojeras rosadas debajo de sus ojos grises y bajo el crecimiento de la tinta oscura se veía su cabello de un blanco amarillento.

Los funcionarios de la biblioteca la felicitaban por el niño y ella tensaba los cortos músculos para poder esbozar una sonrisa.

¿Qué llevás? Le preguntó una colega rubia del colegio que tenía un hijo preadolescente.

Unas novelas de Jane Austen_le respondió.

La otra maestra le acarició el pelo suave del bebé y le preguntó por el resto de su familia. Mientras hablaba y gesticulaba parecía moverse al ritmo de jazz sobre la biblioteca. Tocaba el aire y se deslizaba en él con levedad. Parecía no tomarse nada demasiado en serio.
Miró lo que la otra llevaba. Una serie de policiales suecas sangrientas que solo impresionaban con sus tapas brillantes y sus ambiguos títulos.

Para ella en cambio la existencia con sus seis hijos era una roca sólida en algún sentido: su marido, su casa, su trabajo y su rutina. Solo que vivía llena de temores.

Temor que despidieran a su marido de la empresa de fertilizantes orgánicos a la que asesoraba. Temor que le pasara un accidente a cualquiera de sus hijos. Los peligros que corrían le marcaban el rostro con pequeños surcos que evitaba mirar en los espejos.

Nunca había usado anticonceptivos porque su cristianismo, más convencional que feroz los cuestionaba y así habían venido, uno tras otro cada uno de sus hijos. Cuando llegaba la Navidad había que hacer un esfuerzo para poner al pie de la maceta terracota del arbolito un pequeño regalo para cada uno de los cinco. Luego venían los reyes y no se podía decepcionar  a ningún par de ojitos brillantes. El año que viene serían seis paquetes iguales. Cada comienzo de clases hacía las cuentas en un cuaderno de espiral para cubrir el costo de los útiles y los libros que necesitaban. Daba clases  de inglés en primaria y sus hijos iban becados al colegio religioso pero todo tenía sus costos. Llegaba al hogar agotada con las tareas del día aguardándola. El marido nunca podía ayudarla porque todos en la familia dependían de sus horas extra.

Trataba de inculcarles a sus hijos que no debían envidiar a lo que regalaban a otros niños. Había visto los ojos de Tomás, el mayor de la serie, brillar con codicia frente a la patineta nueva de algún compañerito. Ella les repetía que ellos eran felices porque estaban juntos y el marido asentía, sentado en un sillón, con camisas siempre del mismo diseño y tonalidad, con los ojos semicerrados. Sin embargo, en las épocas en que vivían era difícil librarse del consumismo feroz que los rodeaba  de ese mundo de hijos únicos mimados cuyos deseos materiales se cumplían en un abrir y cerrar de ojos, como si hubiesen frotado alguna lámpara extraña.

También a veces la invadían otros temores. A través de la tecnología podía llegar a sus mentes sin moldear la escoria y la perversión que brotaban de algunas de las redes. Debido a ello ni siquiera Tomás con sus diez años tenía su propio celular y había en la casa una sola computadora que debían usar con la puerta abierta en un horario estrictamente controlado.

En la televisión los cables pasaban películas o teleteatros con historias obscenas o pesimistas, llenas de situaciones que no tenían remedio: amores ilícitos, odio entre padres e hijos, traiciones entre los amigos. Pero ella le encontró una solución. Sus hijos solo verían musicales de los años cincuenta y películas viejas de Walt Disney.

Para ello debía buscarlas casi a diario a uno de los últimos video clubes que quedaban a unas cuadras del trabajo. Entre descanso y descanso de sus clases se dirigía con su bolso con el logo de un viejo congreso a procurarles su dosis de entretenimiento. A menudo llegaba antes de que el negocio abriera y se sentaba a tomar un cortado en el bar de en frente para hacer tiempo.

Era un local pequeño de mesas azul pizarra y plantas artificiales colgando de todas partes como enredaderas. Lo atendían los propios dueños: un hombre calvo con un acento gallego o asturiano y su mujer que llevaba un delantal muy blanco como una simple ama de casa que hacía siempre frituras de pescado. El local estaba casi vacío aunque había visto a varios taximetristas estacionar sus coches cerca del mediodía. El dueño le traía el periódico del día para leer y un vasito de agua mineral para acompañar al café.

A eso de las once una de las empleadas comenzaba a levantar las cortinas de metal del local de en frente. Se empezaban a ver todos los carteles con las últimas películas de acción junto a los vidrios ahumados de la puerta. Ella pagaba, recogía su bolso y se dirigía a la entrada donde había siempre un grupo de impacientes esperando que el video abriera. Adentro había una separación de madera compensada donde algunos clientes miraban y elegían videos pornográficos. En una ocasión vio entrar a un hombre con el pelo graso, la nariz carnosa y los ojos sin pestañas llevando su perro. Ella en cambio se dirigía a un pequeño rincón del fondo donde estaban las musicales: Cantando bajo la lluvia, Mi bella Dama, La Novicia Rebelde, Mary Poppins y El Mago de Oz.

Cuando llegaba de tardecita con la película a su casa los sentaba a todos frente al televisor y les incitaba a aprenderse las letras de memoria. Los pequeños apenas podían entender los argumentos pero les entusiasmaba ver cantar a los mayores y abrían y cerraban sus bocas como si pudieran de verdad repetir las letras. El marido en su sillón de costumbre veía pasar las imágenes o dormitaba.

Una compañía que solo reproducía musicales hizo una puesta en escena del Mago de Oz y los niños ansiosos oyeron del evento y pidieron ir a verlo. El abuelo paterno que tenía una buena jubilación y había enviudado hacía poco se ofreció a pagar las entradas de los cinco mayores, que podrían disfrutar del espectáculo. Se vistieron todos con las ropas que usaban en los cumpleaños y llegaron con la madre en un taxi hasta la sala. La mujer se había esmerado. Vistió su chaqueta roja y se sujetó el pelo con horquillas mientras los esperaba en el foyer del teatro. Tomás entró con sus hermanos: Lucía, Mateo, Lucas y José María_de ocho, siete, cuatro y tres años respectivamente.

Ella permaneció sentada en un pequeño sillón de estilo inglés y de vez en cuando los acomodadores entraban y salían de la sala y se podían escuchar las voces de los actores y ver la tenue iluminación del espectáculo. Era en momentos como ese donde su vida le parecía una roca de granito y sus temores sombras como nubes blancas de verano que se desflecaban.


A veces cuando le preparaba los biberones a Matías(el bebé era alérgico a la leche de vaca)entibiando la preparación en el  microondas oxidado, pensaba que su temor más grande, y el más irracional de todos _era el de la ausencia de Dios que desencadenaría en la vida de todos un caos absoluto.

 Tenía un recuerdo que a veces se repetía en un sueño que era siempre el mismo. De niña, como tenía pies planos, la llevaban siempre a una zapatería especial que hacía confecciones a medida. Quedaba en un local de la Avenida Principal en una sala que había sido por los años treinta un lujoso y antiguo teatro. Lo curioso de la zapatería era que las vitrinas estaban acomodadas delante de lo que lucía como el salón en todo su esplendor. La niña miraba el terciopelo bordeaux de los asientos, las orlas doradas de los palcos, un mosaico con las máscaras de tragedia y comedia y los seres mitológicos pintados alrededor de una araña de caireles pequeña pero brillante. La niña mientras  se calzaba los zapatos no muy bonitos, entorpecidos por plantales pensaba que todo ese despliegue visual sin actores ni espectáculo debía ser en su pequeña mente un signo de la ausencia de Dios.

 La atemorizaba ir a probarse una y otra vez el mismo calzado. Ver la horrible mueca de la comedia retorcerse dorada en un espacio vacío o los zapatos especiales para niños deformes que tenían una pierna más larga que la otra; pensar que había alguien escondido en el silencio absoluto donde retumbaban sus pasos dentro de los plantales. Que había ojos mirándola detrás de la cortina de terciopelo color uva.

Cuando volvía a tener el sueño recurrente se despertaba con un sudor frío, le echaba una mirada al hijo menor y abrazaba a su marido que le daba la espalda y roncaba levemente.


En realidad, durante la mayor parte del tiempo trabajaba tanto que no podía pensar ni siquiera en los temores.

Cuando no corregía escritos y estructuraba la planificación clase por clase, recortando juegos de papel para sus alumnos, estaba poniendo las ropitas de distinto tamaño dentro de la lavadora o secando algunos platos para guardarlos.

Las rutinas le daban cansancio pero también satisfacciones. Le gustaba salir del baño y sentir el desinfectante, que protegía a toda la familia.

En la cena su marido bostezaba y bostezaba y apenas hablaba de problemas del trabajo. Siempre eran los niños, contando anécdotas  de la escuela, de lo que les había dicho tal o cual maestra,  que no querían comer más alfajores de maicena resecos para las meriendas.

Ella tampoco hablaba de sus clases, de las exigencias ridículas de la directora de inglés que quería hacerles recitar a niños de ocho años el discurso de Marco Antonio en la obra de Shakespeare con el limitado lenguaje que sabían, todo para la fiesta final, buscando impresionar a los padres de sus alumnos.

Todo eso alejaba sus temores o quizás los volvía más remotos y más profundos.
Hasta que llegó al fin la confirmación una noche de octubre. Ese día, ya  tarde quiso hacer una impresión a color en la computadora. Había oscurecido y los niños estaban todavía levantados. Ella no era muy estricta con los horarios, no los hacía dormir a todos a las nueve pero iba siendo tiempo de que se acostaran sino al día siguiente tendría que mojarles la cara para que se despertaran.

Llegó al escritorio con la puerta semicerrada. Sintió algo en el aire, una huida fugaz, no sabía bien qué pero algo no andaba bien. Ordenado y luminoso se veía el protector de pantalla con un jardín edénico, lleno de rosas amarillas y blancas. Empezó abrir una por una todas las ventanas.

Por fin encontró la imagen. Se trataba de una persona con el pelo teñido rabiosamente de blanco y maquillaje espeso como una estrella de ballet, con el cuerpo desnudo y los genitales pálidos. Ni un tatuaje ni una prenda cubrían su cuerpo fláccido, casi amarillo, débil, enfermo. Dudó si habría sido su esposo  o los niños mayores que hubieran recibido esa imagen de un correo.


Y volvieron como una catarata los miedos y los recuerdos. Estaba la persona en la imagen con un zapato gigantesco en el pie izquierdo taconeando en la zapatería vacía; volvían los murmullos detrás de las cortinas suaves y oscuras de los palcos, estaba ella indefensa con los niños en cama, sola contra la ausencia y sin nada que la protegiera o al menos lograra por un rato, si acaso, distraerla.

Verónica D'Auria 2017

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