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BEBAL por Verónica D'Auria

 Erase que se era una ciudad llamada Bebal, que quedaba a orillas de un mar muy  azul que se volvía muy verde y muy gris en los días de tormenta.
   Bebal no era una ciudad como otras ciudades con su calle principal y sus edificios principales, con sus rascacielos y sus parques.En realidad sí lo era, pero sólo en apariencia. Porque Bebal era una corbatocracia.
  No estoy hablando de corbatas que hablaran y que gobernaran la ciudad.
    Lo que sí ocurría en Bebal es que la corbata era para ellos no solamente el artículo más importante de la vestimenta sino también una pieza imprescindible para el funcionamiento normal de esa ciudad.
     Es que en Bebal no solamente usaban corbata los bancarios y los oficinistas .Las mujeres también llevaban corbata (con moñitas y con flores pintadas), los niños y las niñas; los perros y los gatos en las plazas, los sapos, las girafas y los monos del zoológico. Hasta las mariposas si uno las miraba bien, volaban de unas flores a otras llevando, alrededor de sus pequeñas cabezas una diminuta corbata.
   Los habitantes de Bebal solían llevar estas corbatas en invierno y en verano. A nadie se le ocurría ir a la playa sin ellas_ hubiera sido un escándalo, como estar desnudos. Tampoco se sacaban las corbatas en la ducha-tan acostumbrados estaban todos a llevarlas en esta corbatocracia.
Ilustración: RossanaPiccini
   Nadie sabía por qué ni tampoco cuando había comenzado esta costumbre. Ni el curador del museo de la corbata, ni el profesor más viejo de la Universidad experto en Ciencias de la Corbatología, ni el director de la enorme biblioteca de Bebal, que solamente contenía gruesos volúmenes que hablaban de la historia de las corbatas ,de la industria corbateril y de las innumerables maneras de hacerse el nudo de la corbata cuando se la cambiaban diariamente al despertarse.
   Los pobladores de Bebal llevaban las corbatas tan pero tan apretadas que tenían siempre en sus rostros un color ligeramente azulado y un periodista de una ciudad vecina había escrito sobre ellos diciendo que los Bebalenses tenían seguramente sangre azul en sus venas. Demás está decir que a este periodista le ofrecieron una corbata de oro y  las llaves de la ciudad  en reconocimiento de su eterna amistad con la ciudad de Bebal y sus nobles habitantes.
   Además de nobles los habitantes de Bebal eran honestos, prolijos y ordenados. Nunca tenían mal humor ni se ponían nerviosos o groseros. O al menos casi nunca. Porque existía en  Bebal una amenaza constante, un peligro espantoso  que solía acecharlos: un terrible pirata.
     Este pirata loco porque así lo llamaban _no tenía ni gorro de pirata , ni galeón con bandera, ni loro, ni siquiera una espada. Solamente llevaba una camisa con el cuello abierto y tenía  las mejillas redondas y rosadas. ¡Ah! Me olvidaba. También tenía una moto verde metalizado, que zumbaba como un abejorro. Cuando los habitantes de Bebal sentían rugir sus motores salían corriendo a esconderse en sus apartamentos y en sus casas porque este horrible pirata tenía un enorme par de tijeras con el cual les cortaba sus corbatas. Sin que se dieran cuenta las metía en un bolso y desaparecía tan rápido que nunca habían podido alcanzarlo.
      Lo único que tenía este pirata en que sí se parecía a un pirata era un cofre muy grande de madera. Nadie lo había visto pero todos sabían que existía. Todos los habitantes de Bebal  tenían una opinión sobre lo que guardaba allí el pirata. Los más viejos murmuraban que escondía lingotes de oro del naufragio de un  barco que había entrado hacía un siglo en la bahía; otros repetían que lo tenía lleno de serpientes venenosas. Las abuelas asustaban a los niños diciéndoles que allí escondía los bebes  que robaba y que sólo  los devolvía a sus casas cuando estaban viejos y enfermos
      La cara del pirata aparecía en los diarios y en todas las revistas. Cuando venía en su moto los hombres se metían en los zaguanes y en los sótanos, las mujeres se tapaban los ojos y los niños lo espiaban detrás de las ventanas.
    Sin embargo hubo un tiempo en que los Bebalenses dejaron de preocuparse tanto por los ires y venires  del pirata. Una gran sequía comenzó a asolar a todas las ciudades vecinas de Bebal. Los animales se volvían cada vez más flacos  y la tierra se volvió tan gris y reseca que se parecía a la superficie lunar. Bebal no podía conseguir de esas ciudades vecinas ni trigo, ni fruta ni leche fresca. Tenía que comprarlo a otras ciudades lejanas, que demoraban días en traerlos y cobraban carísimo.
   Los Bebalenses no sabían qué hacer. Un concejal propuso rezar a un dios corbata y hacerle danzas todas las mañanas para que les llegara la lluvia a las ciudades cercanas, pero los Bebalenses  se sintieron ridículos. Por orden del gobierno se hicieron grandes ahorros de energía: ya no se podía escuchar la radio ni los discos ni tampoco ver la televisión .La ciudad ya no prendía más sus carteles luminosos y aquellos que vivían en rascacielos debían subir por escalera y llegaban un poco más azules a sus casas.
 A los Bebalenses se los veía más delgados y grises, tan tristes y tan preocupados que ni siquiera se ocupaban de organizar su concurso anual de los mejores nudos de corbata.
  Un día sin embargo los Bebalenses despertaron para encontrar un elemento distinto en el paisaje. A la bahía había llegado una embarcación pequeña con velas multicolores. A medida que se acercaba el barco hacia el puerto los bebalenses más curiosos podían ver como el viento movía las velas que habían sido fabricadas con retazos brillantes de colores. Grande fue su sorpresa también cuando reconocieron a bordo de la nave al pirata sin corbata y a su temido cofre. Sin embargo, los habitantes de Bebal estaban tan pero tan tristes a causa de la sequía que ni siquiera se escaparon o intentaron capturarlo.
  Vengo en son de paz_ dijo el pirata que movía por las dudas  un pañuelito medio arrugado y blanco_ Para que vean que es cierto lo que les digo voy a abrir frente a ustedes este cofre.
  Los Bebalenses se miraron, algunos divertidos, otros curiosos y algunos fantaseando con que salieran horribles lagartijas y serpientes asesinas. Pero ante la sorpresa de todos el baúl contenía solamente corbatas. Miles y millones de corbatas de todos los matices y formas.
 He venido a devolverles las corbatas, pero con una condición_ dijo con voz muy seria aunque siempre con sus mejillas gordas y rosadas_ deberán entre todos ayudarme a fabricar una red.
Ilustración: RossanaPiccini
  Los habitantes extrañados pero al mismo tiempo atentos y sintiendo que ya nadie tenía nada por perder le ayudaron al pirata a anudar las corbatas en miles y millones de nudos hasta que fabricaron una enorme red multicolor. Varias veces los pobladores junto con el ahora no tan temible pirata se hicieron a la mar y llegaron al puerto con sus redes repletas de pescado. Tanto fue lo que lograron pescar que poco a poco pudieron no solo alimentar a la población sino también vender el pescado que sobraba a otras regiones y así mantenerse hasta que pasara la sequía.
  Lógicamente con todos estos acontecimientos los habitantes de Bebal comenzaron a aflojarse las corbatas. Ya no se los veía tan azules. Algunos propusieron nombrar alcalde perpetuo de la ciudad al pirata sin corbata pero el dijo que no, que prefería con las corbatas que le habían sobrado fabricar una carpa para un circo y dedicarse a algo que él siempre había hecho en otras ciudades_ porque él en realidad no era un pirata sino un payaso profesional.
 Poco a poco todos los habitantes de Bebal dejaron de usar sus corbatas para todas las ocasiones. Primero fueron las mariposas y los animales del zoológico, luego los perros y los gatos; las niñas y los niños imitaron su ejemplo y las mujeres demoraron un poco pero acabaron renunciando a una prenda tan incómoda. Varios hombres siguieron el ejemplo y continuaron usándola, pero eso sí, más floja y cuando se les daba la gana. Los ejecutivos y los industriales consintieron en sacárselas al menos en la ducha y en la playa. Unos pocos bebalenses siguieron sus antiguas costumbres y aun puede vérselos hoy en día con las caras azules y congestionadas, respirando con dificultad y con los ojos ligeramente saltados.
  Bebal no es recordada ya por sus corbatas sino por su pintoresco puerto y por su gigantesco circo de payasos y acróbatas.

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Reproducido con autorización de la autora

    

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