Ir al contenido principal

PISCIS - UN CUENTO ANTIGUO




PISCIS 
por Rossana Piccini

Why fade these children of the spring, born but to smile and fall?’
William Blake (The Book of Thel)


“…meio a meio o rio ri por entre as árvores da vida o rio riu, ri
por sob a risca da canoa o rio riu, vi o que ninguém jamais olvida
ouvi ouvi ouvi a voz das águas…”
M. Nascimento – C. Veloso (A Terceira Margem do Rio)


Hubo un día, mucho tiempo atrás, en que una niña de la selva apareció en la orilla del mar. Yo estaba allí y la vi llegar: bajo sus pies la tierra cobriza parecía convertirse en una alfombra bordada de hierbas y flores silvestres que la conducía, como a una novia, hacia un altar de arena, espuma y sal. Su vestido casero de blanco algodón se ondulaba a cada paso como la superficie de un lago agitado por el viento. Su cabello despeinado era una mata de juncos coronada por cardos violáceos y su colgante de cristal de cuarzo reflejaba la luz que nacía del sueño y esa luz al tocar la tierra se multiplicaba en pequeños haces de luces de colores - por esto supe que la luz de su sueño era blanca, porque sólo el blanco contiene todos los colores del espectro - y cuando sus pies pisaron la espuma, la sal se le pegó al cuerpo y el océano abrió sus brazos, ella se zambulló en ellos y buceó en una viscosa y misteriosa realidad, nadando como un pez hacia desconocidas profundidades hasta que la vida agitándose en sus venas reclamó su parte y la arrojó con fuerza a la superficie exigiendo aire y continuidad. Sí, era una luz blanca, pero no había sido un sueño – yo la estaba viendo. Y también la vi caminar hasta acá escurriéndose el agua que aplanaba su vestido ancho y sentarse sobre esta roca, justo aquí, al borde del continente. ¿Qué estaría pensando? ¿Qué estaría sintiendo? ¿Estaría observando el rostro del océano como lo estoy haciendo ahora? ¿Estaría pescando respuestas en el perpetuo movimiento circular de las aguas mansas o en la efímera, turbulenta existencia de las olas que mueren en la costa?
Bajo esta roca el océano aplaca su furia y las aguas amansadas se detienen entre las rocas más pequeñas sin alcanzar la orilla. Sobre esta roca nace una montaña de flores lilas y frutas anaranjadas donde se esconde el único camino que permite el paso de animales y gente a pie desde y hacia la aldea vecina. Tras la montaña nace la selva. (La selva esconde el norte). Hacia el oeste, surge gradualmente una playa parcialmente rocosa que abre sus brazos hacia el sur y desde el sur llegan las embarcaciones pesqueras de los pobladores del lugar, el cual no aparece en la mayoría de los mapas ni se menciona en la lejana ciudad pero los pescadores lo llaman La Pira, y lo han llamado así por tanto tiempo que ya nadie recuerda por qué ni recuerda que alguien lo recordara.
Desde aquí se ve la vida casi como si no lo fuera. Lejos de la ciudad, las certezas se disuelven como una piedra de sal en el mar y la realidad, en sus constantes ciclos y mutaciones, se asemeja a un sueño. (¿Será un sueño este momento en el que la roca parece fundirse con mi cuerpo? ¿Será ilusión esta sensación de movimiento perpetuo?) El sol enrojecido se resbala por el cielo con mayor velocidad y pronto caerá al agua como un gigante anzuelo arrojando una niebla espesa, efervescente vapor salado que se dispersará alejándose del fuego que ya se está ahogando (fuego aguado,agua ardiente, ¿será por eso que perdió el sentido al zambullirse en este océano embriagador?
Quizás ella también sintió fundirse con la roca, y por ese motivo demoró en bajar hacia las pequeñas lagunas lo mismo que demoró el sol en bajar a beber agua de su gran pozo (¿qué estaría pensando?; ¿qué estaría sintiendo?). Ella también bebió del mar y recreó entre las piedras y el agua una especie de ritual que observé con atención, y lo mismo hizo durante tres días seguidos, sumergiéndose en el mar hasta el punto de la asfixia y volviendo sobre la roca, llamando la atención de los aldeanos y dándoles de qué hablar antes de transformarse en una más de sus tantas leyendas. Al caer la tarde del segundo día varios pescadores y sus mujeres decidieron arrimarse a las rocas para ver qué era lo que estaba sucediendo con la niña que los ignoraba como si no los viera. Hablaba con el viento, dicen, hablaba del trueno y del mar, dicen, y su discurso era como un acertijo que no podían descifrar. Cuando oyeron números alguien pensó que podía tratarse de una profecía por lo que decidió tomar nota con sumo cuidado. Dice el anotador de profecías que según la-niña-de-las-rocas, “el uno es también dos, y los dos a su vez son el mismo; el uno más el dos genera el tres, éste a su vez genera todos los elementos y luego vuelve al uno cerrando un ciclo; pero cuando el tres, el dos y el uno se confunden, de su confusión brota la nada que contiene el todo”. Ellos creen que hablaba de peces; yo creo que hablaba de su propia historia. También han dicho que cuando la niña, levantaba una mano el viento se detenía y al bajarla soplaba como un huracán; que los pájaros que pasaban por encima de su cabeza caían en picada al mar, en fin y otras tantas cosas más. Pero yo que reconocí en su mano algo inquietantemente familiar, prefiero buscar su verdadera historia en otro lugar; por eso la llamo, la busco en las profundidades de la intuición y espero que el viento me traiga su voz al oído y así saber, de primera mano, esos qué y por qué que tanto me mortifican.
El tercero, fue su último día sobre esta roca. Tras el diario bautismo y comunión, la niña caminó por las rocas resbaladizas entre las olas y la niebla hasta el borde de la tierra firme, ¿de qué sirve seguir llorando si el océano se está desbordando?, dijo. Y a mí me pareció comprender que la niebla que subía y la envolvía era la tristeza que se evaporaba del océano de lágrimas que había creado en tantos años. ¿Dónde está tu poder curador?, le preguntó al océano que se escurría entre sus manos y, lentamente, se sumergió en él, y en él se adentró hasta desaparecer, como el sol. Desde entonces he esperado que regrese – he esperado noches y días – para devolverle las flores que ha dejado en la orilla.
Mientras espero, escribo. He descubierto que al fluir la tinta sobre el papel el viento silba, las aguas se agitan, se invierten las mareas y siempre, a la distancia, se ilumina el cielo. A veces me zambullo y la busco bajo las aguas de mi mente como quien busca los restos de un naufragio, ¿dónde estás? ¿dónde estabas? La busco en el presente para encontrarla en el pasado, intento de cualquier modo establecer un contacto salvando un mar de distancia entre dos tiempos indefinidos en dos hemisferios opuestos - ¿dónde estás? A menudo buceo en un océano brillante y profundo ávida de ver, de oír, de encontrarla, hasta que la presión del mar en mi cabeza, ese zumbido en mi cerebro, me trae de regreso a la superficie – deprisa, con demasiada prisa - sin darme tiempo a rescatarla, dejándola suspendida bajo las aguas turquesas, aún cálidas e iluminadas por los últimos rayos del sol que se pierden en la oscuridad que se desborda más allá de su cuerpo y se confunde con el mío… Y a veces, como ahora, oigo voces apenas lejanas: “Ah, esa niña, qué lástima, ¡cómo pudo haber quedado así? Da una lástima, mire, tan joven…” “Ni me lo diga, da pena verla, ¿cómo será que no la anden buscando?” - ¡Pero si yo la busco! (¿Quién habla a mis espaldas?) Me rehuso a abrir los ojos aunque las voces sigan hablando: “que no sé bien… que tiene que ver con libros”; “parece cosa del diablo” “¿habrá que hacer algo?” - ¡Claro! ¡Bajar de nuevo y traerla conmigo! Me lanzo, ya no las oigo, nado y nado hasta la pila en la que duerme. ¡Niña! ¡Despierta! ¡Cuéntame! Y la traigo conmigo, la siento en las rocas a mi lado, ¿qué buscabas?, ¿a quién buscabas? - le pregunto.
Pero mejor es respirar primero, dejar que se escurra el agua, y esperar. Las voces vuelven y las escucho alejándose “¿será verdad que el agua salada enloquece?” “No creo, debe haber venido así.” Han logrado distraerme y la niña se me resbala hacia el agua nuevamente. Me molesto por esta intromisión y por su insistencia, me canso de oírlos, “tenga cuidado que demasiada agua salada hace mal a la cabeza, ¿me entiende?” Me río a carcajadas de sus tontas ideas y la risa me conecta con ella, quien se nutría de esta agua como un pez. ¿Será suya esa voz que brota como manantial de la roca de mi alma cantando margem da palavra entre as escuras duas margens da palavra, clareira, luz madura rosa da palabra puro silencio, nosso pai…? ¿Será suya esa luz que como un relámpago ilumina la pantalla oscura tras mi frente y me permite verla bebiendo del chorro de la roca y recostándose en la arena para recibir el masaje de la espuma en la piel mientras las burbujas de sal pasan cabalgando el viento y el sol de la tarde termina de apagarse dentro del mar? Mi alma se sumerge en un pozo profundo que parece traspasar la línea del ecuador y acariciar las márgenes del Beérokan y hundirse hasta tocar el lecho del río donde nació. Bajo el río el tiempo retrocede y se apresuran en la corriente una miríada de recuerdos que no son míos pero parecen como si lo fueran: el llamado de la selva, la serpiente en la arena, la canción de la lluvia, el suave siseo de la canoa, la luz de TaHiná-Kan y la niña en la orilla. Puedo ver su rostro gravemente dormido en esa estrecha orilla. Cuando la selva llama, su corazón despierta y la niña estira la mano y otra mano la recoge y la sube hasta la ribera. La selva sigue llamando pero no puede dejar la ribera: la tristeza ha paralizado sus piernas. Permanece en la orilla, lejana, perdida, exiliada; puedo ver como la tristeza es una galaxia que rota dentro de su alma; puedo ver su cuerpo tendido en la margen del río y su alma hundiéndose en el agua; puedo ver una luz brotar de sus huesos; puedo ver como una extraña fuerza se apodera de ella, la reúne y la conduce, inequívocamente, hacia el portón del tiempo que permanece bajo las aguas con sus bisagras oxidadas. Y por él regreso hasta la niña de la roca, con el espíritu bañado de un dolor ancestral y húmedo que no entiendo bien, que parece mío pero sé que es suyo, y aún así, me conecta con ella.
De este lado está la vida que inunda mis sentidos: el mar que bate pesadamente con un ritmo mántrico y contagioso; las nubes, alma de mares y ríos, que preparan su reencarnación; el redoble de los truenos lejanos que anuncia la tormenta y el indómito viento que aúlla. Son las ocho de la noche y La Pira se ilumina. Se encienden los fogones. Se encienden los relámpagos y sus llamaradas son látigos que magullan el cielo. Se encienden velas a la santa implorando protección. Las mujeres calientan los sartenes y los perros se enrollan bajo las sillas. Los árboles sacuden el polvo de la tarde y relajan las hojas preparándolas para el baño que refrescará la piel y calmará sus quemaduras mientras los frutos abren sus poros para que penetre el agua que se transformará en su sangre. Mientras tanto, la niña envejece a la luz de los relámpagos - su alma ya es un fruto maduro que ha conocido el tiempo.
Nuevamente el tercer día, sólo un paso la sumergirá en el mar. Los tendones de sus brazos y de sus piernas responderán a la voluntad del alma y la memoria sucumbirá al dictamen de la inconsciencia, de la que florecerán extraños recuerdos de vidas y dolores antiguos - exilio, hoguera, muerte, (¿puedes verla? – el dolor en su vientre ha teñido su alma de una negrura infinita - ¿puedes sentirla?) Sus ojos ya no ven hacia fuera sino hacia adentro, buscan la memoria que reposa en el fondo de las aguas y bajo la superficie de su propio océano aparece el sol empapado, enfriándose, contrayéndose, encogiéndose hasta transformarse en un único átomo, como ella, un átomo al punto de la fisión. (¿podría impedirla? ¿quién tomaría el control?) Me hundo con ella; me sumerjo en un lago oscuro y la corriente me atrapa en remolinos de emociones y sentimientos que no vienen solos, sino de a dos y de a tres, y hasta en multitudes de emociones antagónicas girando en torno a su opuesto y convirtiendo su energía en torbellinos que arrasan con mi independencia. ¿Pasará la tormenta una vez que haya consumido toda su potencia? ¿Volverá la calma a hacer su flagrante entrada y a girar la rueda de la vida hasta que el próximo huracán clausure el ciclo? ¿O será como esas otras veces en las que la rueda no volverá a girar y permanecerá allí inmóvil frente a los ojos, detenida, ardiendo, cuestionándonos…? En este caso, ya nada volverá a ser igual.
Un paso más se ha materializado desde el sueño. La niña camina lenta y solemnemente hacia el mar profundo arrastrando sus miles de años. Yo le pregunto: ¿por qué te adentras en las aguas? ¿Qué quieres escuchar? ¿La poesía efímera y furiosa de las olas? ¿Qué es lo que buscas en las profundidades que no puedas ver desde la superficie? ¿A Alfonsina, a Virginia, a las sirenas, a la Stella Marina, al Leviatán…? Pero no me responde y un bofetón frío y salado la aleja de mi mano – yo la sigo - su corazón late agitado y sus pies ya se separan del suelo; las olas la elevan y la hunden, la empujan y la atraen al mismo tiempo en un forcejeo incoherente; la fuerza de sus brazos ya no puede ayudar al cuerpo abrirse paso a través de las aguas descontroladas, desbocadas como caballos salvajes, que la atropellan, que le roban el aire y que le impiden respirar, que la golpean con la furia de un ciclón hasta desvanecerla y hundirla maniatada a piedras invisibles que ruedan por el fondo, que la arrastran a giros por el frío piso del océano sin aparente sentido de dirección hasta darse de frente con un viejo portón que, inesperadamente, se abre con un estruendoso rechinar de bisagras oxidadas.
- ¡Empezó a llover! ¡Se viene la tormenta! – una chiquilla de enmarañado pelo castaño está tocando mi hombro derecho (será hija de algún pescador local, supongo.)
- ¡Ay! ¡Mis papeles! – junto las hojas sueltas dentro del cuaderno humedecido. La pescadorcita observa mis movimientos sin reparo, parece exigir una explicación que no estoy preparada para darle. Escucha que la están llamando y corre hacia su madre que la espera con impaciencia; al alcanzarla se da vuelta y me mira; la madre la tironea del brazo y se la lleva casi a rastras.
(El chaparrón cae con fuerza - agua dulce, agua sabia, gotas del cielo, lluvia, savia.)
Un nuevo día acaba de amanecer. Las olas todavía no se han despertado de un sueño muy pesado y el cielo parece vestir el color de la inmensidad. Me impaciento en que vuelva a soplar el viento en mis oídos y así poder oírla tan nítidamente como oigo el cuchicheo de las viejas que se quedan comentando a mis espaldas; y entonces poder escribirla, robarla de las aguas y luego devolverla a su hábitat natural.
Me recuesto en la roca a meditar sobre la lejanía y a sentir el calor del sol, pero pronto empiezo a sentir su proximidad. Me incorporo y la veo surgiendo a la superficie con su vestido blanco de algodón. Me paro y busco entre los arbustos contra las rocas alguna flor blanca, silvestre; la corto y se la tiro al mar; ella la recoge de entre las aguas y se la coloca en el cabello. Me siento bien por hacerlo y me surge el deseo de cantar y hablarle al mar; me siento bien haciéndolo, y disfruto de esa sensación de unidad.
Al atardecer me asaltó un extraño recuerdo que no parecía mío… El viento había comenzado a soplar y un tronar distante alcanzaba mi oído y me transportaba a otro tiempo y a otro lugar – a un río. Bajo las rocas corrían las piedras hacia el océano y las fuerzas de la tierra hacían temblar los cielos. Estábamos allí, el tronar anunciaba nuestro destino… Y una piedra me preguntaba, ¿Por qué volaste al río? ¿Por qué? El trueno se hacía lluvia y la lluvia se hacía noche y un rumor triste repetía sin cesar, murió la niña; murió… y el relámpago iluminaba la roca donde retumbaba el dolor del trueno porque yo me ahogaba lentamente en un río barroso y espeso como la sangre, y me dolía su dolor más que el mío porque ya no lo sentía, porque ya había muerto. Y en el fondo del río yo me dejaba llevar por la corriente entre piedras, juncos y raíces en dirección al océano hasta que aparecía entre el barro un portón oxidado que se abría hacia una luz blanca y otra niña nacía del río, crecía, se iba al mar y se zambullía en su alma. En la roca lejana el trueno seguía inventando las tormentas para recordarla, pero la niña se recordaba a sí misma al caer al agua.
[¿Qué recuerdos son estos que no he vivido? ¿Qué poder ha llenado mi alma de imágenes incomprensibles? De pronto han aparecido unas flores blancas a mi costado, se han volado mis papeles con el viento que acaba de llegar, y escucho un rumor de voces ajenas que se acercan cada vez más deprisa e inundada por la incertidumbre y el temor me pregunto, casi como lamentando, ¿cómo es que he venido a parar en este lugar, justo en el centro de esta historia?]
Del otro lado de las rocas el océano se detiene en calmas lagunas cristalinas. He decidido bajar hasta ellas. Las algas danzan el vaivén del agua que revolotea entre las pequeñas piedras. Un viento salado zumba en mi oído y me lleva nuevamente hasta ella. La veo sentada en unas piedras, abstraída, su mirada lejana clavada en las aguas espejadas. Puedo ver los dos peces que se cruzan bajo su mirada, que no van en la misma dirección, sino en dirección contraria. Ella junta las manos como formando un cuenco que sumerge en la pila; los peces, encerrados en ellas, continúan su zigzag en extraña monotonía y ella observa, y ella ve, y se refleja en el agua su mirada y me sobresalto - me está mirando y no sé qué hacer - he estado persiguiéndola todo este tiempo - “mira quién he resultado ser”, me dice y luego se da vuelta. (¿Mira quién he resultado ser?) La dejo ganar distancia, paso a paso, rumbo al mar, (¿Selene? ¿Mariahualé?) Los peces han abandonado la pequeña laguna y ella los sigue hacia el mar y yo, como hipnotizada, la sigo a ella roca tras roca pero ella no se detiene; aparece una niebla espesa sobre nosotras pero ella no se detiene, no se detiene. ¿Adónde se ha ido?
Lentamente se ciega mi mirada en esta niebla espesa pero sigo oyendo voces que parecen un eco de mi pensamiento, “¿dónde está? ¿adónde se ha ido?” - pero no me engaño, estas voces son ajenas; caen las flores de mi mano y yo, tras ellas, y desde un hueco en la niebla alcanzo a ver al sol detenido sobre el océano como un presagio de transformación – fuego sobre agua – y yo, en el centro.
Bajo el agua el sol se diluía en un pálido reflejo cobrizo que flotaba en la superficie y yo me escurría por entre las ondas que creaban mis brazos. Me deslicé por las aguas cálidas hacia las más profundas y oscuras – hacia los arrecifes pletóricos de vida, buscando entre las plantas, bajo la arena, tras la roca y en cualquier recoveco que pudiera esconderla hasta que comprendí que no era yo quien debía buscarla ahora: si ella me había conducido hasta aquí, entonces ella me buscaría a mí. Me senté sobre una roca al costado del arrecife y esperé que apareciera como un pez entre los demás peces. Esperé bastante tiempo. Entre tanto imágenes turbias y ondulantes se armaban y desarmaban en el mar de fondo: la niña crucificada sobre el coral, la niña ardiendo en el géiser, la niña atrapada en la red y entendí que había sido yo quien había mordido el anzuelo. Silbé como un delfín llamándola. Surgió a mis espaldas entre las actinias rosadas, pálida y consternada. Un leve reflejo incandescente llamó mi atención y me acerqué: era la red casi invisible en la que estaba atrapada - ¡Pobre niña!, exclamé sin pensar. Miré mis manos y me di cuenta que me había convertido en cangrejo y con mis pinzas corté la red.
“Volveré a visitarte”, le dije al ver que ahora me convertía en pez. “Si quieres quédate en la oscuridad del mar, yo quiero volver a la tierra, mi casa está muy lejos de aquí”, le imploré. Lejos es un lugar que no existe”, me dijo, pero yo seguía siendo un pez. “Volveré a visitarte, arrojaré todas las flores de la selva sobre las aguas del mar para que tú las recojas, para que te hagas un jardín de flores y algas, para que invites a los delfines a jugar en tu casa. Gracias”, le dije al ver que sonreía con la mirada y yo volvía a ser humana, “has sido muy valiente” Y nadó como una sirena hacia la superficie, yo la seguí, como pude, hasta perderla.
___
Una chiquilla de cabellos enmarañados (probablemente hija de un pescador) ha dejado una flor sobre las rocas. Junto a la flor, dejó comida y agua fresca.
___
Y yo, me sacudo el agua como un perro, (¿a quién buscaban? ¿a ella, o a mí?) Recojo una flor y se la tiro al océano… ¿Escuchas el susurro de las aguas? El trueno nace en el mar y regresa a él en la lluvia que corre por la roca y por mi rostro. ¿Dónde estará ahora? ¿Por qué demora tanto en regresar?) Ya no queda nadie despierto, La Pira duerme bajo la lluvia y las estrellas tardan en aparecer tras las nubes que lentamente se disuelven como las redes que aprisionaban y herían el cuerpo.
Pero yo no duermo pues he dormido, profundamente, buceando en las profundidades de la noche que todos llevamos dentro, hundiéndome hasta perderme, en el sueño y en la noche. Y he regresado, a tiempo; a tiempo de ver la primera luz del día atravesar las espesas olas del océano y salir disparando de las aguas hacia el cielo, como un rayo. He inspirado profunda y ruidosamente, y he dejado que mi mente, como una gaviota, detuviera su vuelo lentamente y se posara sobre el agua, deteniendo el interminable tic tac del tiempo: estoy viva. El sol nace del mar: agua bajo fuego. Estoy viva.
El tiempo ha invertido su dirección: el sol se eleva alejándose del mar, trayendo en su retomado compás el bullicio de la mañana. La mañana ha traído la rutina de la aldea. La aldea se llena de pescadores enrollando y cargando sus redes. Los pescadores se lanzan a sus botes. Los botes se alejan y se funden con el mar. (El mar está repleto de peces.) Ya nadie mira hacia las rocas. Las mujeres de la aldea, mientras tanto, permanecen en sus casas, donde han permanecido por tanto tiempo que ya nadie recuerda por qué ni recuerda que alguien lo recordara, esperando que lleguen desde el sur, las embarcaciones que descansarán al atardecer en una playa parcialmente rocosa de la que surgen montañas que esconden al norte y al único camino que permite el paso de animales y gente a pie desde y hacia la aldea vecina. Tras el camino se ve una selva de flores lilas y frutas anaranjadas que parece nacer de las rocas que reciben los golpes y las caricias del mar.
Su cabello despeinado era un pequeño arrecife de frágil coral purpúreo y su colgante de cristal de cuarzo reflejaba la luz que nacía del alma y esa luz, al tocar la tierra, se multiplicaba en pequeños haces de luces de colores – por esto comprendió que la luz de su alma era blanca, porque sólo el blanco contiene todos los colores del espectro… y llegaba al altar de espuma, la sal se le pegaba al cuerpo, el océano ya le acariciaba los pies, y quedaba atrás. Su vestido blanco, pesado, chorreando, se ondulaba a cada paso como una duna de arena a merced del viento. Bajo sus pies la arena dorada parecía convertirse en una suave alfombra de tierra cobriza bordada de hierbas y flores silvestres… Pero no era un sueño – yo estaba allí y la vi llegar: una mujer del mar apareció al borde de la selva, mucho tiempo atrás, un día…
- He venido desde muy lejos (extendió su mano, y me ofreció las flores que reconocí de inmediato).
- “Lejos” es un lugar que no existe, repetí, sílaba sobre sílaba, al tomar el ramo de su mano. Pareció sonreír.
- Vuelvo a casa, Mariahualé, - dijo, señalando el comienzo del camino - ¿Y tú? ¿Te quedarás aquí, sobre la roca?
- Creo que ya es hora de abandonarte, Nina, le dije, ahora sin ocultar cierta tristeza pero igualmente feliz, sabiéndome salvada y sanada por su mano.
- Pues bien, adiós.
Y sabiendo que yo sería ella, como ella había sido otra al caer al agua y que seríamos la misma al volver al río, me dije, ¿qué importa quién termine de contarla si se trata de la misma historia?
Pues he de ser yo quién concluya este relato. Yo, retomando la palabra, continuando donde ella dejó y abandonando donde ella continuará; yo, imitando su voz y su ritmo, viéndola una y otra vez partir con paso lento y confiado, con su pequeño cuaderno en la mano, caminando entre los árboles que bordean la cañada que desciende de la montaña, caminando por el río hacia la montaña, caminando y cantando la voz de las aguas.


Febrero de 2005
(Para Cristina, que ha regresado al lecho del Río...)


http://bp2.blogger.com/_0lj5ID7QjFU/R-sQ2qlT5hI/AAAAAAAAAho/6MnnBGGyHpo/s400/vista+inclinada.jpeg






Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Texto e Ilustración: Rossana Piccini

Comentarios

Entradas más populares de este blog

PAOLA DALTO: DJ uruguaya (Entrevista)

'Dice que por ser mujer le exigieron el doble y la observaron el triple: "Pero bueno, no me quejo, es lo que le pasa a cualquier mujer que hace un trabajo de hombres", afirma.'


Texto reproducido de El País Digital: http://www.elpais.com.uy/Suple/DS/09/01/11/sds_392015.asp

foto tomada del fotolog de paola dalto.
Gracias.

El personaje
La dama de la electrónica

Paola Dalto pasó de la conducción radial en Bella Unión a ser una reconocida DJ. Dejó el alcohol y las drogas: "ya probé todo lo que quería", señala en Punta. | "Lo más difícil es lograr que empiecen a bailar los 5 primeros", dice. El desafío en Punta del Este es poder mover a un público internacional que desconoce.

C.N.

Cuando una agencia de publicidad la invitó a participar en un comercial de cigarrillos junto a Jaime Roos, Ruben Rada y Francis Andreu (entre otros), Paola Dalto pensó que se trataba de una broma de algún amigo. Nada más lejos.

El avisó se hizo, salió y pegó. En un pestañear, el nombre…

LA LLEGADA A LA ESCRITURA - HÉLÈNE CIXOUS

Hélène Cixous nació en Orán, Algeria en 1937. Es catedrática de la Universidad de París VIII, donde fundó su Centro de Estudios de la Mujer, el primero en Europa. Ha publicado extensivamente: 23 volúmenes de poemas, 6 libros de ensayos, 5 obras teatrales y numerosos artículos, entre los cuales "La Risa de la Medusa"(1976) ha sido uno de los más influyentes . Publicó Velos con Jacques Derrida, quien se refirió a ella como 'la mejor escritora viva en su lengua' (Francés). Sus obras giran en torno a los temas de los orígenes y de la identidad femenina. Es considerada una de las madres de la teoría feminista pos-estructuralista. Considera influyentes en su obra a Jacques Derrida, Sigmund Freud, Jacques Lacan y Arthur Rimbaud.

El siguiente es un extracto de su libro "La Llegada a la Escritura", Su Boca.

¿Era yo una mujer? Al revivir esta pregunta interpelo a toda la Historia de las mujeres. Una Historia hecha de millones de historias singulares, pero a…

MITOS SOBRE LA FEMINIDAD

EL PROBLEMA DE LA IDENTIDAD FEMENINA Y LOSNUEVOS MITOSEl problema de la identidad femenina y los nuevos mitos. Publicado en Novos Dereitos: Igualdade, Diversidade e Disidencia. Ed. Tórculo. Santiago de Compostela. España. 1998. pp.155-172.Cristina Caruncho & Purificación MayobreUniversidad de Vigo1. INTRODUCCIONA lo largo de la historia la elaboración del mundo simbólico, del significado y del sentido ha estado en las mentes de los varones, los que han configurado una representación del mundo a su imagen y semejanza erigiéndose como prototipo, patrón y medida de todo lo existente. De esta forma se ha establecido el paradigma patriarcal como el paradigma de todos los paradigmas, en cuanto que los valores de género masculinos sustentan todas las interpretaciones filosóficas, científicas o religiosas de la realidad. En palabras de Victoria Sau:“Es un fenómeno universal, cuya causa no está explicada todavía, que los seres humanos organizan y clasifican sus conocimientos del mundo de f…