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LA LIBÉLULA MÁGICA

13.12.08

QUMRAM - una fantasía textual - por Rossana Piccini


QUMRAM



Joshua se arrodilló sobre el polvo blancuzco y secó con la manga de la túnica las gotas de sudor salado de su frente. Intentó respirar profundamente a pesar del olor extraño que invadía la caverna. Al bajar el brazo, sus ojos, con las pupilas dilatadas por el esfuerzo y la emoción – pudieron reconocer la magnitud del hallazgo: había decenas de ellos, algunos en pedazos desparramados por el suelo, otros estaban parados, aparentemente intactos, desde que fueran allí colocados unos dos mil años atrás por quién sabe qué manos y con qué propósito, con tantos cuidados y precaución que encogía el alma observarlos.


Los jarrones deshechos – probablemente por roedores, ya que parece improbable que otros hombres hayan entrado aquí durante estos dos milenios – parecían floreros abandonados al tiempo y a la sequía que, a fuerza de indiferencia, se deshojaron junto con las flores a las que deshojó el tiempo. Los pétalos esparcidos alrededor, eran palabras desprendidas de un todo desconocido que habría que descubrir, o recordar: manuscritos deshojados por el tiempo, palabras que no hablaban más.


Los otros jarrones – los que estaban enteros – parecían soldados de barro desafiando al ejército del tiempo – soldados del desierto, aguardando detrás de las barricadas, custodiando un tesoro de rollos de cuero de cabra que contenían todo lo que los hombres y las mujeres del desierto habían considerado necesario salvar de los enemigos y de la propia muerte: sus poemas, sus cánticos, los relatos de su pueblo, su ficción redentora, su esperanza de encontrar entre las palabras la esencia y el misterio de la vida – o quizás, de crear con sus palabras, a la vida misma y a su propio Dios.


Joshua se sentó a contemplar. Creyó disponerse a bosquejar el hallazgo: la ubicación de cada uno de los jarrones en la habitación en caso de que su disposición espacial pudiera, más tarde, revelar información necesaria a nuestra comprensión de esta milenaria biblioteca secreta.

Creyó, pero su voluntad era débil y las palabras flotaban a su alrededor caóticamente sin dejarse asir. Las palabras giraban en loops erráticos y proyectaban escenas aparentemente inconexas en su pantalla mental: los mismos paisajes, una procesión de actores, poses descontextualizadas, frases repetidas... Reconoció el libreto del alma - una tormenta de emociones no menos violenta que las tormentas de arena que sabía se desempolvaban a pocos kilómetros de ahí. …La tierra, la cal, las vasijas… - las sensaciones eran un todo descontrolado ante sí. Cae el telón, la vida comienza. Cae el telón. Cae todo. Cae Brutus, pensó. …Cae Brutus; tengo la corona del César a mis pies, recitó… Cae Brutus, tengo la corona del César a mis pies; lágrimas de sal resbalan por la cruz; el oro de Tiferet reluce en la casa que me habitó sin yo haberla habitado. Tresciento setenta mil caminos me han seducido – y los he tomado todos, uno a uno - desde el tohu va-vohu de mi alma informe me he recreado sobre las aguas primordiales para besar la luz que has separado de la corona de oscuridad que te esconde… (agraciado soy… agraciado soy venciendo al tiempo…) …Acabo de ver el color del tiempo, un azul verdoso que se ve gris en la noche, pálido, transparente, luminoso, es el azul-grisáceo del desasosiego del tiempo, aunque detenido… mariposa del desierto, noúmeno evasivo de la eternidad… gris-azul-lavanda que me está envolviendo en su abrazo de cielo, reflejándose, detenido, bajo mi cuerpo, rehaciendo paisajes áridos de otro tiempo… desierto… metamorfosis… muerte, olvido, penitencia, anhelo… he venido al encuentro del tiempo sabiendo, como saben los profetas, que volvería repentino como el viento con su bufanda azul enroscada al cuello, a su debido tiempo… ¿un año? ¿tres meses? …un año, tres meses, un día, una hora, un segundo – más allá del Jordán (un viernes) me fue a buscar Lumanech, con su cabrito corriendo por las márgenes del río, salpicándome con agua bendita, ofreciéndome como ofrenda para salvar su inocencia… a mí… ram… y tanto tiempo después soy quien camina en el desierto bordeando un mar muerto de tanta sed, buscando rocas y piedras, memoria guardada de la memoria, refugios de palabras preservadas de la humedad y del tiempo, refugio de palabras que hieran al tiempo y le asesten un golpe mortal al olvido... a la noche... a la arena… al desierto… caminando, esperando al dios… (y él no llega) y ya estoy oyendo a Kittim rugir entre las piedras… y tiemblan mis piernas… se me seca el alma… soy tan sólo huesos y arena…La noche está cayendo y Kittim está rugiendo como el viento entre las piedras (siempre es de noche cuando lo oigo, siempre ataca cuando duermo) y se está acercando; ya nadie duerme. Excepto mi dios. ¿Quién detendrá a Kittim ahora con sus lanzas infernales? …Mi dios duerme y yo tengo miedo… - en la profunda oscuridad de la noche una tormenta de cascos rasga el suelo - …Kittim se acerca y mi dios sigue durmiendo… la anchura del rostro se extiende a trescientos setenta mil mundos…y todavía no lo he visto… y todavía lo espero…


Con cada palabra que se abría al presente se rasgaba una distancia aparentemente infinita. ¿Podría esa imagen expresarse sin palabras?, pensaba, cuando la ráfaga de fuego invadió la cueva y sacudió las entrañas de la tierra hasta la médula y, por el ombligo, se deshizo, polvorienta y muda, la cueva de las palabras muertas bajo las nuevas bombas del nuevo ejército de Kittim.


Rossana Piccini (2004)




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