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LA LIBÉLULA MÁGICA

14.12.08

PSICOANÁLISIS, HERMENÉUTICA Y GÉNERO por Purificación Mayobre

extraído de:


PSICOANÁLISIS, HERMENÉUTICA Y GÉNERO

Este artículo ha sido publicado en: Horizontes de la hermenéutica. Edición a cargo de Marcelino Agís Villaverde. Universidad de Santiago de Compostela. Santiago de Compostela. España. 1998. pp. 496-514.


4. El olvido de la perspectiva de género.

Durante mucho tiempo se ha pensado que psicoanálisis y feminismo eran un matrimonio mal avenido e irreconciliable, ya que la concepción de las mujeres -preconizada por el psicoanálisis- como seres inferiores que sólo podrían alcanzar la auténtica feminidad como madres y esposas, se juzgaba por parte de la teoría feminista como una mera justificación del status quo burgués y patriarcal.

En este sentido conviene recordar que ni los/as más apasionados defensores del psicoanálisis freudiano se empeñan en ocultar las trampas androcéntricas presentes en el pensamiento del autor. De hecho, sabiendo que el olvido de la perspectiva de género ha sido una constante en la obra de Freud, diversos autores y autoras psicoanalistas posteriores aplicando la propia dialéctica de la sospecha freudiana, han intentado reorientar el enfoque psicoanalítico dando cabida entre otras cuestiones al tema de género.

Hasta aquí hemos intentado poner de manifiesto cuales son las señas de identidad del pensamiento psicoanalítico, vinculando este pensamiento a un determinado hacer hermenéutico o interpretativo. Es ahora nuestro deseo buscar las señas de identidad del pensamiento feminista para luego avanzar en la polémica relación entre feminismo y psicoanálisis.

Curiosamente y pese a la falta de consenso general a la hora de pensar cuál es el objeto de estudio, cuál la metodología apropiada y cuáles los resultados deseables de lo que se ha dado en llamar la teoría feminista, hay una meta que han hecho suya todas las teóricas feministas: la meta fundamental es analizar el género.

Al hacerse visible el concepto de género como una categoría que ni es ni puede ser naturalmente neutra, surge un nuevo modelo hermenéutico que pone en cuestión la transparencia y la autenticidad de las promesas ilustradas que permitían pensar en términos de felicidad, progreso y libertad.

La perspectiva de género permite, como señala Scott , (1990) insistir en la insuficiencia de los cuerpos teóricos existentes para explicar la persistente desigualdad entre hombres y mujeres”, pone de manifiesto la existencia de un espacio de silencio, en el que se oculta una voz diferente y en el que se obliga al estrabismo de una mirada forzada a ver a través de unos cristales que desfiguran la realidad .

El silencio femenino será roto a través de la hermenéutica feminista que sitúa a las mujeres en el papel de hablantes, que les da derecho a crear sus propias narrativas, que desvela su ocultación tradicional. No obstante, existen demasiados elementos que enturbian y dificultan el nuevo modelo de comunicación. Como hemos señalado al principio de este trabajo la posibilidad de cualquier diálogo y la hermenéutica no es sino un modo de diálogo, exige de ciertos requisitos que permitan compartir un mundo de significados comunes entre los distintos interlocutores. La teoría crítica feminista ha cuestionado la neutralidad significativa y valorativa del discurso patriarcal, pero curiosamente sus intentos “han permitido dentro de los sistemas científicos sociales tradicionales, empleando formulaciones tradicionales que proporcionan explicaciones causales universales” (Scoot,1990).

El riesgo que corremos es grande o volvemos a legitimar el discurso que nos silencia o parece que estemos abocadas a crear un mundo aparte, un mundo de mujeres en el que el varón quede excluido. Una u otra opción no son lo mismo aunque pueda parecer que si. En la primera, el silencio supone pasividad, aceptación, negación y sujeción -ser mujer es ser menos-. En la segunda, el uso de la palabra nos daría poder, potenciaría la autoestima y permitiría que las mujeres cambiasen sumisión por libertad. Sin embargo, una y otra opción nos obligan a vivir sin comunicación con el otro, sin diálogo con el varón, dicho en otras palabras, ambas propuestas fuerzan la segregación y la marginación.

En este sentido estas alternativas nos parecen pobres, limitadoras y castrantes. La perspectiva de género, si alguna esperanza aporta es la de poder crear un marco de diálogo en el que participemos todos y todas y cada uno y una de nosotros, aunando en un tenso equilibrio el derecho tanto a la igualdad como a la diferencia. No obstante, esto sólo será posible si se da una profunda transformación epistemológica que permita erradicar los presupuestos metafísicos implícitos en la epistemología clásica.

Ahora bien, ¿cuáles son las claves para pensar esa transformación epistemológica?. Por ahora, lo único que está claro es que se les deja a las mujeres la responsabilidad de pensar sobre el género y en este sentido estos estudios se devalúan y segregan. En este sentido, parece necesario buscar alianzas.

El feminismo no puede renunciar a crear ciertas alianzas a pesar de que estas sean frágiles o conflictivas, con el fin de no intentar caer en tesis parciales o reduccionistas como las que critica.

Para plantear las posibilidades de una alianza entre el feminismo y el psicoanálisis, que permitan pensar en términos de una transformación epistemológica, resulta imprescindible investigar en torno al tema de la formación de la identidad masculina y femenina. Si la epistemología clásica se construye y fundamenta, como hemos analizado, obviando la perspectiva de género hasta dar carácter natural a todas las diferencias sexuales que construyen socialmente la realidad, es imprescindible poner de relieve cómo se conforma una y otra identidad para averiguar si entran en juego elementos valorativos de carácter social.

5. Psicoanálisis, género y hermenéutica.

La aproximación de la teoría feminista a la teoría freudiana se produce al converger ambas teorías en un objetivo común, como es explicar la constitución de la identidad masculina o femenina.

Freud elaboró una teoría del desarrollo psicosexual en torno al niño varón, afirmando que la identidad masculina quedaba conformada al superar el complejo de Edipo, configurarse el Super-yo y realizar la identificación parental pertinente. Pensó que la configuración de la identidad femenina y el complejo de Edipo en la niña eran simétricos al del niño, si bien la niña partía de la consideración de estar castrada, por lo que toda su estructura psicológica se elaboraría tratando de compensar esa mutilación. La conciencia de esa mutilación retrasa su entrada en el complejo de Edipo, impide una resolución clara del mismo y una conformación sólida del Super-yo, razones por las que la mujer no alcanzará nunca el nivel ético y la ecuanimidad propia del varón ni su capacidad de sublimación.

Posteriormente a Freud, varias psicoanalistas aplicaron la hermenéutica de la sospecha a las propias concepciones freudianas, analizaron la distorsión de género introducida por el maestro y pretenderán explicar, desde la teoría psicoanalítica, aspectos fundamentales de la psicología de las mujeres. Parten del hecho de que muchas de las afirmaciones freudianas sobre la identidad femenina carecen de una fundamentación en la clínica, que se basan en presupuestos culturales de tipo patriarcal que no se someten a crítica.

La contestación más temprana a las tesis freudianas acerca de la identidad femenina se produce desde la teoría de las relaciones de objeto. Para estas teóricas la primera relación de objeto que establece el bebé con la madre es fundamental para la configuración de la personalidad adulta, pasando a desempeñar un papel primordial la función maternal frente a las tesis freudianas de envidia del pene, complejo de castración etc.

Según una de estas teóricas, Nancy Chodorow (1984) como la función maternal es ejercida universalmente por mujeres, las entidades femeninas y masculinas están generizadas, pues las madres experimentan a sus hijas como una continuación de si mismas, no estableciendo unas rígidas fronteras yoicas entre ellas y sus hijas , por lo que éstas constituyen su propia identidad introyectando las funciones expresivas, intersubjetivas y de cuidado que sus madres ejercen. Sin embargo, las madres experimentan a sus hijos varones como opuestos, por lo que tienden a romper sus lazos empáticos con ellos, urgiendo su entrada en la situación edípica y precipitando la identificación con la figura del padre y con la función instrumental que el desempeña en la esfera pública.

Para acabar con esa generización, la autora propone que la función maternal sea desempeñada igualmente por hombres y por mujeres, con el fin de evitar un desarrollo psicológico que condicione de un forma casi imperativa nuestra vivencia y percepción de lo masculino y lo femenino.

Este nuevo enfoque de Chodorow y de las teóricas de las relaciones de objeto, centrado en la importancia concedida al rol maternal, fue valorado muy positivamente por la teoría feminista y por varias ciencias sociales. Desde la teoría feminista se estimó el desafiante reto de Chodorow a la ortodoxia freudiana, al transvalorar el carácter patriarcal y fálico de la hermenéutica freudiana y presentar un nuevo símbolo, la maternidad, como determinante de la identidad individual. Ahora bien, la teoría feminista desvela un nuevo sesgo en estas concepciones maternales , al quedar la figura de la mujer subsumida bajo el símbolo de la maternidad, pues al ser ésta tan importante , parece que la función de la mujer se debe reducir exclusivamente a ser madre, olvidando otras dimensiones como el derecho a tener una vida propia independientemente del hijo o hija, a desempeñar un trabajo, a ejercer los derechos y deberes de la ciudadanía, a disponer de ocio, a tener relaciones con otras personas adultas, etc, ya que su actividad y vida quedaría absorbida por ese hijo o hija al que debería cuidar.

También se les ha criticado desde la teoría feminista la importancia que le conceden a los elementos subjetivos, obviando el importante papel que juega en la discriminación de la mujer factores de carácter social y político. Asimismo se le reprocha el carácter determinante y esencialista de sus concepciones -si bien su esencialismo no es biológico sino estructurado psicológica y socialmente- según el cual parece que no hay más remedio que asimilar los imperativos de género y conformarse al prototipo social, frente a la posibilidad de conflicto y rebelión que el propio psicoanálisis predica a la hora de internalizar las normas y valores.

Esta conceptualización de la identidad masculina y femenina tiene interés no sólo para el psicoanálisis y la teoría feminista, sino también para la hermenéutica. En este momento la teoría feminista exige una alianza con la hermenéutica , ya que la hermenéutica de la sospecha no se debe ejercer sólo sobre las tesis freudianas sino sobre cualquier texto susceptible de ser interpretado. En esa labor de interpretación debe estar presente la hermenéutica de género, la sospecha de la carga patriarcal inherente al significado y al sentido de los símbolos de nuestra cultura. Asimismo no se puede olvidar la generización del intérprete y la losa de silencio que se ha impuesto sobre las interpretaciones realizadas desde la voz y el cuerpo de mujer.

En definitiva, creemos que la tesis de Paul Ricoeur de ampliar la hermenéutica freudiana incrementando el significado del símbolo y la tesis habermasiana de considerar el psicoanálisis como una técnica de autoliberación, quedarán completadas con el análisis de la perspectiva de género, al favorecer ésta una reflexión más profunda sobre el sentido del símbolo y al propiciar la autoliberación no sólo del sexo masculino sino de toda la humanidad.




por: Purificación Mayobre (Universidad de Vigo, España)






1 comentarios:

Leticia dijo...

harEs interesante pensar cómo opera mi ejercicio de la hermenéutica en este texto que, casualmente, habla de eso. Leerlo me hace pensar en términos y premisas desde un punto de ontológico y semiótico. Sucede que trato de leerlo de la forma más despojada y me encuentro con preguntas.
Reconociendo el androcentrismo del psicoanálisis, el hecho de que gran parte de la producción científica haya sido creada y difundida también desde una perspectiva masculina, la primera pregunta que me hago es: ¿hasta qué punto estoy yo, mujer, permeada por esos paradigmas?
El razonamiento es el siguiente: soy mujer pero vivo y me formé dentro de una sociedad donde, desde el punto de vista epistemológico, los paradigmas imperantes en los diversos campos de la ciencia (en un sentido amplio, incluyendo exactas, fácticas y sociales) siempre provinieron de una concepción androcéntrica, donde los genios reconocidos por el canon artístico son en su mayoría hombres y, cuando son mujeres, son vistos en categorías aparte. Entonces, ¿hasta qué punto mi pensamiento es independiente? Inconsciente y constantemente, recibimos mensajes que forman parte de este discurso y, durante nuestro pasaje por la educación formal y nuestro pasaje por nuestra niñez y adolescencia, convivimos con una postura del deber ser mujer. ¿Cómo romper con los paradigmas sin caer en una lucha basada en una visión maniqueísta, donde o bien nos adaptamos al status quo o somos contestatarias?
En el plano semiótico surge la figura de la mujer-madre, símbolo que ha hecho que, tanto mujeres como hombres, comulguen con estereotipos que no siempre favorecen la libertad de acción y pensamiento. Está ampliamente difundido el preconcepto de que la mujer-madre tiene esa actividad como fundamental y que, si se dedica a otras, restándole tiempo a su función maternal, está “actuando mal”. Está ampliamente difundido otro preconcepto que es el de la mujer que solo se siente realizada en la maternidad. Esta idea genera mujeres poco libres ya que es poco libre a la mujer que tiene que resignar su maternidad por tener aspiraciones en otros ámbitos y es poco libre a la mujer que, por dedicarse a la maternidad resigna otras actividades. La pregunta es entonces, ¿hasta dónde somos libres? Es cierto que somos libres de elegir pero, si la opción está condicionada por un discurso y un paradigma ajeno y plantea la situación en términos de correcto o incorrecto, esta libertad no es tal. Es así que vemos mujeres que, por no caer en el formato que se prejuzga como de mujer improductiva, no reconocen su propio deseo. Es por eso también que mujeres y hombres modernos tantas veces huyen de ciertos formatos. La meritocracia se los impide.
Sin desconocer el aporte del psicoanálisis para la comprensión de algunos aspectos del hombre, reconozco que legitima un discurso que anula las funciones femeninas más “sublimes” (por seguir con estereotipos). Tal como ocurre con la función de las personas en la sociedad moderna y tal como ocurre en el arte, la mujer en el psicoanálisis es, en cierta forma, vista como objeto. Es objeto de placer para el niño, es objeto decorativo, es objeto bello. No aparece como el sujeto que crea, construye o cambia el mundo.
Comulgo con el enfoque de la paternidad compartida de Nancy Chodorow. Es por esto que adhiero a quienes promueven un orden social no basado en la conquista fálica de territorios, ámbitos y objetos. Es por esto, que me veo pensar e intento evitar hacer interpretaciones del mundo demasiado permeadas por posturas androcéntricas, autocomplacientes o compasivas. Es porque nací en el siglo XX que me pregunto todo esto y que espero, sin tener una respuesta exacta de cuál fue el resultado y cuál seguirá siendo, haber sido y ser permeada lo menos posible. Es por eso que alguna vez quise desafiar el deber ser de la mujer para ver qué pensaban hombres y mujeres. Es por eso que alguna vez vi con pena algunas colegas de género que querían seguir siendo objeto. Es porque reconozco la existencia de un discurso y un paradigma todavía exclusivo que, aunque muchas veces pienso que lo ideal sería que no fuera necesario, hablo desde un lugar de mujer.

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