óleo pastel sobre papel
Rossana Piccini
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EJERCITACIONES PARADÓJICAS SOBRE COMO PIENSAN LAS PIEDRAS.
(Extracto del capítulo 37 de “
[…]
El sol batía sobre el combés, una brisa ligera aliviaba su calor, el sudor se secaba sobre la piel de Roberto. Ocupado desde hacía tanto tiempo en representarse como piedra petrificada por la dulce Medusa que lo había enredado con su mirada, resolvió intentar pensar como piensan las piedras, quizás para acostumbrarse al día en que hubiere sido simple y blanca aglomeración de huesos expuesta a ese mismo sol, a ese mismo viento.
Se desnudó, se tumbó con los ojos cerrados, y con los dedos en las orejas, para que no le molestara ningún ruido, como a buen seguro le acontece a una piedra, que no tiene órganos de sentido. Intentó anular todos sus recuerdos, todas las exigencias de su cuerpo humano. Si hubiera podido habría anulado la propia piel, y no pudiéndolo se ingeniaba en hacerla lo más insensible que podía.
Soy una piedra, soy una piedra, se decía. Y luego para evitar incluso hablarse a sí mismo: piedra, piedra, piedra.
¿Qué sentiría si fuera de verdad una piedra? En primer lugar, el movimiento de los átomos que me componen, es decir, el estable vibrar de las posiciones que las partes de mis partes de mis partes mantienen entre ellas. Sentiría el zumbar de mi pedrear. Mas no podría decir yo, porque para decir yo es necesario que haya otros, algo que no soy yo a lo que oponerme. En principio, la piedra no puede saber que hay algo dentro de sí. Zumba, piedra de sí misma petrante, e ignora lo demás. Es un mundo. Un mundo que mundea solo.
Sin embargo, si toco este coral, siento que la superficie ha retenido el calor del sol en la parte expuesta, mientras que la parte que apoyaba sobre la puente está más fría; y si lo partiera por la mitad sentiría quizás que el calor decrece de la cima a la base. Ahora bien, en un cuerpo caliente, los átomos se mueven más furiosamente, y por tanto, esta piedra si se siente como movimiento, no puede sino sentir en su propio interior un diferenciarse de movimientos.
[…]
Quién sabe, preguntábase, si en esos movimientos la piedra no empieza a tener, si no el concepto de lugar, por lo menos el de parte: sin duda, en cualquier caso, el de mutación. No de pasión, sin embargo, porque no conoce su opuesto, que es la acción. O quizá sí.
[…]
Mas, ¿por qué si tiene percepción de sí, no ha de tener memoria? La memoria es una potencia del alma, y por pequeña que sea el alma que la piedra tiene, tendrá memoria en proporción.
[…]
Por tanto, la piedra conoce el tiempo, es más, lo conoce incluso antes de percibir sus cambios de calor como movimiento del espacio. Por lo que sé, podría no advertir siquiera que el cambio de calor depende de su posición en el espacio: podría entenderlo como un fenómeno de mutación en el tiempo, como el paso del sueño a la vigilia, de la energía al cansancio, como yo ahora estoy dando en la cuenta de que, quedándome quieto como estoy, me hormiguea el pie izquierdo. Pero no, debe sentir también el espacio, si advierte el movimiento donde antes estaba el reposo, y el reposo allá donde antes estaba el movimiento. La piedra, por tanto, sabe pensar aquí y allá.
Imaginemos ahora que alguien recoja esta piedra y la encaje entre otras piedras para construir una pared. Si antes advertía el juego de las propias posiciones interiores […] cómo deberían sentirse las piedras de la bóveda de una iglesia, donde la una empuja a la otra y todas empujan hacia la clave central, y las piedras próximas a la clave empujan las otras hacia abajo y hacia fuera.
[…]
Así pues la piedra urgida por las otras piedras a tal grado que está a punto de romperse (y si la presión fuera mayor se resquebrajaría), debe sentir esta constricción que antes no advertía, una presión que de algún modo debe influir sobre el propio movimiento interior. ¿No será éste el momento en que la piedra advierta la presencia de algo exterior a sí? La piedra tendría entonces consciencia del Mundo. O quizás pensaría que la fuerza que la oprime es algo más fuerte que ella, e identificaría al Mundo con Dios.
Mas el día que ese muro se desplomare, cesada la constricción, ¿advertiría la piedra el sentimiento de Libertad, como lo advertiría yo, si me decidiera a salir de la constricción que me he impuesto? Salvo que yo puedo querer cesar de estar en este estado, la piedra no. Por tanto la libertad es una pasión, mientras la voluntad de ser libre es una acción, y esta es la diferencia entre la piedra y yo. Yo puedo querer. La piedra, a lo sumo, puede sólo tender a volver a como era antes del muro, y sentir placer cuando se vuelve de nuevo libre, pero no puede decidir actuar para realizar lo que le gusta.
¿Puedo yo de verdad querer? En este momento yo experimento el placer de ser piedra, el sol me calienta, el viento me hace aceptable esta concocción de mi cuerpo, no tengo ninguna intención de cesar de ser piedra. ¿Por qué? Porque me gusta. Por tanto, también yo soy esclavo de una pasión, que me desaconseja querer libremente el propio contrario. Sin embargo, queriendo, podría querer. Y sin embargo, no lo hago. ¿Cuánto más libre soy que una piedra?


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