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LA LIBÉLULA MÁGICA

13.10.08

ARTE ESCONDIDO EN MONTEVIDEO

PIEDRA QUE ESCONDE OTRA PIEDRA

POR ROSSANA PICCINI

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons .


¿Creamos estas imágenes para comprender el mundo,
decorarlo, o conectarnos con él?
A. S. Byatt, Still Life



Escultor: Enrico Butti (Italia)
Obra: Il Minatore (El Minero)
Homenajeado: Juan Nicola
Cementerio Central
Primer cuerpo n° 198







Como si hubiera sido colocado al descuido en el lugar equivocado, en un mundo alegórico de ángeles alados y relojes de arena, vírgenes y crucifijos, bustos de héroes militares y madres devotas en oración - al cual este hombre no parece pertenecer - El Minero, una escultura en mármol blanco colocada frente al pedestal y busto que recuerda al señor Juan Nicola, cautivó mi curiosidad e imaginación.

En ese primer encuentro, y aún sin conocer el nombre de la obra ni su autor, no vi más allá del hombre y sus herramientas de trabajo - la carretilla en particular; su expresión de profundo cansancio o quizás de recogimiento, su mirada perdida, interior, meditativa, excluyente… Pero definitivamente una presencia tan completa en sí misma, tan ‘real’ y tan ‘presente’ que, aunque indiferente a la mía, parecía interrogarme desde un punto que no era evidente ni obvio y vincularse conmigo en una dimensión que no se limitaba a ese lugar ni a ese momento. Por este motivo, caprichosa e intuitivamente, decidí que estaba frente a una obra de verdadero valor artístico y anoté cuidadosamente el nombre esculpido en un costado: ‘E. Butti - Milano’

Grande fue mi sorpresa al encontrar en la web el nombre completo del artista: Enrico Butti (Viggiú; Italia; 1847 - 1932) y una bastante pormenorizada descripción de su vida y obra, incluyendo por supuesto, fotos de la obra frente a la cual había estado parada hacía apenas unas horas y de sus homónimas en bronce y yeso que se encuentran en Italia.


Ahora sí, las preguntas que tímidamente golpeaban a la puerta de mi consciencia se atropellaron como un tropel de caballos asustados huyendo de la oscuridad del establo hacia la claridad del día. ¿Qué haría una obra premiada en la gran exposición mundial de París de 1889 en el Cementerio Central de Montevideo? ¿Quién querría tenerla en su tumba y por qué? ¿Es ésta una escultura funeraria propiamente dicha? Y, lo más importante, ¿en qué medida, su ubicación presente en el cementerio, altera, más allá de la intención humana, el sentido de esta obra, o, en otras palabras, la carga de nuevos significados?

Dado que desconozco los datos históricos relacionados a la adquisición de la obra por la familia del (o el) homenajeado, no podré más que concentrarme en esta última pregunta y sólo de paso mencionar que al parecer, este tipo de escultura funeraria fue bastante común en Italia a comienzos del siglo XX y son varias las obras de Butti destinadas a esculturas funerarias en cementerios italianos.

Entonces, vuelvo atrás y replanteo la pregunta: ¿qué me dice Il Minatore desde su ubicación actual?


LOS SIGNIFICADOS POSIBLES



“La lengua de la imagen no es sólo el conjunto de palabras emitidas […]

sino que es también el conjunto de palabras recibidas[1]


Podría imaginar a Il Minatore una mina de significados posibles y, de la mano de este minero, acostumbrado a la diaria labor de descender a las entrañas de la tierra en busca de sus riquezas, dejarme guiar lentamente hacia las profundidades de esta tierra pletórica de riquezas simbólicas, descubriendo en mi descenso capas cada vez más profundas, es decir, menos superficiales o evidentes, de significación.

Según Barthes, la imagen denotada, o sea, la imagen despojada utópicamente de sus connotaciones, “se volvería radicalmente objetiva, es decir, en resumidas cuentas, inocente”.[2] Una mirada inocente a Il Minatore nos permite ver un hombre, una carretilla y otros instrumentos de trabajo. El hombre está recostado en la carretilla, cabizbajo y con las piernas extendidas en posición de reposo. Este hombre, de torso desnudo, luce fuerte y saludable. Es un proletario, probablemente un trabajador rural. Viste pantalones que parecen ser de algodón. Tiene rostro de italiano. De lo que esta imagen escultórica carece in situ, es de su nombre, el cual haría de anclaje, limitando las posibles interpretaciones: ‘El Minero’ - no es cualquier proletario, es un minero.

Entonces podemos empezar a descender lentamente en busca de las connotaciones posibles de esta imagen, pero sin necesidad de abandonar todavía esa mirada ‘inocente’ podríamos deducir que la postura del minero, su cabeza gacha, su mirada introvertida, nos dice algo más: el minero parece estar exhausto tras una dura jornada de trabajo o bien sumido en una angustiosa reflexión acerca de su condición. Esta capacidad expresiva de la obra toma crédito de ese “Naturalismo” por el que Butti ha sido ampliamente reconocido, y es con esta mirada, y sólo hasta acá que se ha mirado a esta obra, a juzgar por la información que se encuentra en la red. Pero a mi entender, ese ‘naturalismo’ del cual Il Minatore parece hacer gala, no hace más que ocultar, neutralizar, esconder, todo el potencial significativo de la imagen y su gran riqueza simbólica. En otras palabras, este aclamado naturalismo (o realismo) no es más que una mirada ingenua a la obra de Butti que excluye toda búsqueda de significados más allá de ella, o sea, ignora todas las posibilidades de connotación, y nos obliga a permanecer en la superficie, sobre tierra, frente a la entrada de la mina sin permitirnos dejarnos llevar por el minero y compartir con él la naturaleza de su labor. Y si no es así, ¿qué sentido tiene entonces que Il Minatore ocupe la función de escultura memorial en un cementerio? Pues sí, probablemente gran parte de la riqueza simbólica de esta obra está dada por el espacio que ocupa, el entorno al que pertenece (estoy hablando de la obra en mármol) hoy por hoy.

¿De qué nos habla la obra al bajar un peldaño más hacia las entrañas de la tierra? Quizás nos esté hablando de la vida. De lo trabajoso de la vida. De la necesidad de ganarse el sustento para poder vivir… ¿para qué? Tal vez esa sea la naturaleza de la reflexión del minero recostado en su carretilla, visualizando, quizás por primera vez, una especie de teatro de lo absurdo, donde se debe trabajar sin descanso para ganarse la vida que necesariamente se perderá… O tal vez nos está hablando del cansancio acumulado en una vida de trabajo arduo e imprescindible y de la necesidad de descansar, de ‘descansar en paz’ tras la larga y agotadora jornada de trabajo…

¿Qué nos quiere ocultar la obra al bajar un poco más? - La muerte. Bajo una mirada ingenua, Il Minatore parece no hacer - o no poder hacer - referencia a la muerte. Está cargado de vida. Intenta recrear - o ser - la vida misma. Intenta ser natural. Y es en su afán de emular la vida y negar la muerte dónde ésta comienza a hacerse evidente, donde la obra comienza a hablarnos de un temor ancestral, recreado por cada generación, el que justamente gran parte de la escultura funeraria se esmera en desafiar: el fin.

Pero ya un poco más adentrados en la profundidad de la mina, habiendo perdido el contacto con la superficie, una nueva realidad parece revelarse ante nuestros ojos acostumbrados ya a esta nueva oscuridad. La tierra entorno nuestro nos envuelve totalmente, el aire se hace cada vez más cálido y pesado, cada vez más íntimo. Si nos detuviésemos a contemplar esta sensación, si nos tumbásemos en el suelo, podríamos percibir la imaginaria sensación de estar… enterrados. ¿Cómo llegamos hasta aquí?, podríamos preguntarnos sobresaltados y a punto de sentirnos sofocados… Tras las huellas del minero, ese experto proletario de las entrañas de la tierra, que sabe extraer minerales y piedras preciosas para ganarse el sustento, que conoce a fondo ese universo subterráneo del que provenimos y al cual volveremos algún día.

Ahora el minero se ha vuelto un símbolo de las profundidades de la tierra, un guía experto, que nos conducirá de regreso a ese útero materno, mineral, inconsciente donde nos disolveremos en nuestros elementos y nos haremos uno con la madre tierra. El minero conoce, tiene herramientas, sabe cómo entrar y cómo salir - cuando es necesario - en el debido momento.

A este punto cuesta resistirse a la tentación de seguir ‘viendo más allá’. Si volvemos al rostro de este minero, vemos que éste parece fatigado, cansado, hasta doliente… No parece estar a punto de entrar en la mina sino todo lo contrario, parece haber salido, recién, de ella. A su vez, parece decirnos que esa es su agotadora labor cotidiana. ¡Cómo me cuesta separarlo de esa idea casi instintiva, de esa personificación antropomórfica de La Vida-&-Muerte! Es que se me ha hecho evidente la semejanza de sus labores, su mundo subterráneo, su tarea inagotable, fatigosa, sobrehumana

Entonces Il Minatore sí me está hablando de la muerte. También me está hablando de nuestra ‘terrenidad’’, de nuestra materialidad. Él conoce las grutas, los túneles, las minas, donde se cuecen y transforman los elementos que componen nuestro cuerpo; conoce las entrañas de la madre tierra y posee la capacidad y el conocimiento de entrar y de salir de ellas a voluntad. Él carga su carretilla - que tanto se asemeja a un ataúd - hacia dentro de la mina y extrae de ella sus riquezas, las que están prontas para ser extraídas, las que pueden nacer a nuestros ojos, completando así su labor de transformación: muerte - vida - muerte. …Quizás no esté nada mal entonces ‘descansar’ bajo su ala, esperando ese momento en el que nos vuelva a traer a la superficie.

Terrenidad, materialidad… sería extraño no poder leer también algún mensaje acerca del alma, ese arquetipo inagotable que impulsa nuestras vidas… Quizás sea el momento de prestar atención a uno de los elementos que acompañan al minero: la carretilla.


so much depends

upon

a red wheel

barrow

glazed with rain

water

beside the white

chickens [3]


William Carlos Williams (1883 - 1963)


En la primera mitad del siglo XX, el poeta norteamericano William Carlos Williams, en un gesto que ha sido comparado al de Marcel Duchamp[4], arrojó en el ambiente artístico literario lo que quizás sea el poema más corto que se ha escrito y sobre el cual se han escrito miles de páginas. Williams intrigó al mundo de la poesía de muchas maneras, pero una de esas fue por la selección de los objetos que describe en su poema - el principal: una carretilla. Esta carretilla, un instrumento de los más simples y antiguos en nuestro mundo, adquiere una importancia crucial porque, según el poema, “es tanto lo que depende” de ella.

Contemporáneamente, el psicólogo suizo Carl Gustav Jung, llegaba a la médula de su teoría de los arquetipos inconscientes y del inconsciente colectivo, expuestas un tiempo más adelante en varios trabajos entre los que figura el Aion[5]. Por esas cosas de las asociaciones mentales, ambos textos vinieron a mi memoria en un juego de intertextualidad nuevo para mí. Así pues, la carretilla cobró relevancia. La carretilla, instrumento clave en el desarrollo de la industria humana pero también clave en este nuevo contexto. La carretilla, transportadora de tierra rica en oro y de piedras preciosas…

En primer lugar, la carretilla podría verse como un símbolo inequívoco del famoso quaternio - arquetipo del ser (self) y del espacio/tiempo - que es la herramienta de nuestro inconsciente colectivo para representarse a sí mismo y a su vez relacionarse con el mundo que lo rodea. Este quaternio adopta una forma casi trapezoide en esta carretilla sobre la cual el minero está recostado, descansando, como si ésta fuera un trono (¿el trono arquetípico del ser? ¿o el de Malkuth, El Reino, la Madre Tierra, la primera Sephirot del Arbol de la Vida en Kabbalah?). La rueda (de ocho rayos) de la carretilla - una rueda de madera que llama la atención por su cualidad orgánica - podría simbolizar la Rueda de la Vida, el ciclo de vida y muerte[6]. Entonces el minero se transforma en un psychopomp: un mediador entre el consciente y el inconsciente y una personificación de este último, conduciéndonos esta vez hacia las entrañas de nuestra propia psiquis para encontrar…¿qué? Para encontrar, entre las piedras preciosas que abundan en el interior de la madre tierra aquella piedra que representa, que parece contener, la esencia de nuestro propio ser arquetípico, la piedra madre de toda la sabiduría, la piedra fundamental: la Piedra Filosofal de los alquimistas, el lapis Philosophorum, que, según Jung, sería la representación arquetípica más poderosa del ser, del alma. Entonces, según este paradigma, podríamos estar ante una de las más arcanas imágenes concebidas para presidir una tumba. ¿Podría ser que habiendo buscado inútilmente esa piedra bajo tierra, el minero haya volcado su mirada hacia sí mismo? ¿Podría entonces este minero estar reflexionando sobre sí mismo, su condición primordial, existencial? ¿Podría estar mirando hacia las profundidades de su propia mina en busca del oro del espíritu, de la piedra indestructible, eterna y sabia, núcleo vivo de su propia alma? ¿Podría ser, tal vez, que exhausto de una búsqueda infructífera, su triste y ajena mirada estuviera viendo la paradoja de su propia existencia? Sí, podría ser…

Hasta qué punto Enrico Butti era consciente del potencial simbólico de su creación, no lo sabemos. Tampoco sabemos si esta obra estuvo pensada desde su inicio como estatuaria fúnebre, pero podemos reconocer que sea cual haya sido su historia, hoy se encuentra en un buen lugar.


ACERCA DE LOS SIGNIFICADOS POSIBLES


“La imagen, en su connotación, estaría entonces constituida por una arquitectura de signos provenientes de léxicos (de idiolectos), ubicados en distintos niveles de profundidad. Si, como se piensa actualmente, la psique misma está articulada como un lenguaje, cada léxico, por profundo que sea, está codificado. O mejor aún, cuanto más se desciende en la profundidad psíquica de un individuo, tanto mayor es la rarificación de los signos y mayor también la posibilidad de clasificarlos: ¿hay acaso algo más sistemático que las lecturas del Rorschach? La variabilidad de las lecturas no puede entonces amenazar la lengua de la imagen […]” [7]


Así, esta obra, Il Minatore, en una metamorfosis subconsciente ocurrida ante los ojos de mi mente, pasó de ser un sencillo personaje rural, una escena de la vida cotidiana, para simbolizar la búsqueda de las búsquedas, el dilema trascendental de la vida espiritual de todos, escrito en el lenguaje arquetípico del inconsciente colectivo según se ha descrito hasta ahora. …Un ‘repertorio posible’ que no amenaza ‘la lengua de la imagen’.

Hay, sin embargo, a esta altura, una pregunta que subrepticiamente se ha deslizado al frente de las demás: ¿hasta qué punto yo estoy viendo la imagen y hasta qué punto ésta me está viendo a mí? ¿En qué profundidades he estado hurgando - las de los idiolectos que constituyen la connotación de la imagen o las de mi propia psiquis? ¿O ambas a la vez? En cualquier caso, quisiera terminar expresando lo que a este punto se me presenta como una revelación: nosotros - los del siglo XXI - también buscamos piedras filosofales, pero, contrariamente a nuestros ancestros, al parecer, nosotros siempre la encontramos.



BIBLIOGRAFÍA

· Retórica de la Imagen. Capítulo de, Roland Barthes, “Lo Obvio y lo Obtuso”, 1995, Ed. Paidós, Barcelona

· Aion - Researches into the phenomenology of the self. Carl Gustav Jung, Routledge & Kegan Paul, 1959, London

· Viggiú in Rete. Enrico Butti: Vita e Opere, 1997, TaSa-Soft, w.w.w.

· Italian Memorial Sculpture, 1820-1940: A Legacy of Love - A Review, Prof. Nancy Scott, Fine Arts Department, Brandeis University, 2005-6, Nineteenth-Century Art Worldwide and Nancy Scott.

· Arte y Sepulturas - Tercera Epoca, Lics Andrea Bielli y Carina Erchini.



[1] Retórica de la Imagen; Capítulo de, Roland Barthes, “Lo Obvio y lo Obtuso”, 1995, Ed. Paidós, Barcelona

[2] Idem

[3] Es tanto lo que / depende / de una roja carre / tilla / glaseada en agua de / lluvia / al lado de los blancos / pollos.” (mi propia traducción)

[4] Henry M. Sayre, from The Visual Text of William Carlos Williams, Copyright 1983 by the Board of Trustees of the University of Illinois.

[5] Aion, first published 1959 by Routledge & Kegan Paul Ltd., London, UK

[6] A esta representación de la rueda del ciclo de la vida se le conoce como Samsara en el Buddismo Hindú.

[7] Roland Barthes, Ibídem









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apéndice:







Enrico Butti nace en Viggiú, Italia, el 3 de abril de 1847.
Aprende a tallar la piedra con su padre, el escultor Bernardo Butti.
Trabaja como artesano y tallador para ganarse el sustento propio
y el de su familia. En su juventud se muda a Milán donde frecuenta
la Accademie di Brera, la mayor y más influyente escuela de escultura naturalista de la segunda mitad
del Ottocento, donde se intentaba representar el “mundo real” (escenas de la vida cotidiana con preferencia por los pobres y humildes) buscando la belleza en la naturaleza de lo representado y subrayando la espiritualidad interior de la forma y no su perfección externa.
Recién a los treinta y cinco años de edad puede dedicarse exclusivamente a sus esculturas, las cuales ganan, en repetidas ocasiones, premios nacionales e internacionales.

Entre sus obras más destacadas se encuentran: Eleonora d’Este; L’Angelo dell’evocazione (o delle resurrezione) - premio Príncipe Umberto;

Guerriero di Legnano, (que le otorga el premio Príncipe Umberto por segunda vez y el cual obtiene una tercera vez con Tregua Violata); monumento a Giuseppe Verdi; monumento a Garibaldi e Il Minatore - premiado con el Gran Premio de la Exposición Mundial de París en 1889, en 1893 en Budapest y en 1894 en Viena.

Muere en Viggiú, el 21 de enero de 1932.










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